Dearly beloved…

Dearly beloved…

Lo recuerdo como si fuera ayer. No exactamente la fecha, pero sí que hacía buen tiempo, probablemente alguna tarde entre mayo y junio. Mi hermano, el mismo que me enseñó a apreciar el Jazz de la mano de grandes como Oscar Peterson, Duke Ellington o Ella Fitzgerald, se acababa de comprar un disco de un tío que aparecía en la portada desnudo y rodeado de flores, sin título ni su nombre en la portada. Yo tenía 16 años y estaba a un año de componer mi primer tema, “Tiempo”.

Mi hermana hacía un tiempo me había regalado un Viscount de doble teclado y pedalera (Que jamás fui capaz de tocar), después de que me oyera tocar la Primavera de Vivaldi con un Casio PT-10, del tamaño del teclado de ordenador con el que estoy escribiendo estas líneas. En esa época trataba de comprender las armonías que emanaban de las manos del Sr. Peterson, lógicamente, sin ningún éxito por mi parte, y lo máximo a lo que llegaba es a tocar algunas partes de la melodía de la mano derecha, mientras la izquierda me miraba preguntándome “¿no querrás que haga lo que está haciendo este señor, no?”

Mi hermano vino a la terraza y me dijo, mira escucha esto, y me puso el primer tema de ese disco, con una introducción que ya me llamó la atención, pero cuando empezó el primer compás y escuché el groove y la producción que tenía (por entonces no sabía lo que era eso, pero sí me llamó la atención), me enamoré al instante.