Dearly beloved…

06 mayo 2016,   By ,   0 Comments

Dearly beloved…

Lo recuerdo como si fuera ayer. No exactamente la fecha, pero sí que hacía buen tiempo, probablemente alguna tarde entre mayo y junio. Mi hermano, el mismo que me enseñó a apreciar el Jazz de la mano de grandes como Oscar Peterson, Duke Ellington o Ella Fitzgerald, se acababa de comprar un disco de un tío que aparecía en la portada desnudo y rodeado de flores, sin título ni su nombre en la portada. Yo tenía 16 años y estaba a un año de componer mi primer tema, “Tiempo”.

Mi hermana hacía un tiempo me había regalado un Viscount de doble teclado y pedalera (Que jamás fui capaz de tocar), después de que me oyera tocar la Primavera de Vivaldi con un Casio PT-10, del tamaño del teclado de ordenador con el que estoy escribiendo estas líneas. En esa época trataba de comprender las armonías que emanaban de las manos del Sr. Peterson, lógicamente, sin ningún éxito por mi parte, y lo máximo a lo que llegaba es a tocar algunas partes de la melodía de la mano derecha, mientras la izquierda me miraba preguntándome “¿no querrás que haga lo que está haciendo este señor, no?”

Mi hermano vino a la terraza y me dijo, mira escucha esto, y me puso el primer tema de ese disco, con una introducción que ya me llamó la atención, pero cuando empezó el primer compás y escuché el groove y la producción que tenía (por entonces no sabía lo que era eso, pero sí me llamó la atención), me enamoré al instante.

Entonces no era consciente de todo lo que me depararía la vida a raíz de aquél descubrimiento, solamente recuerdo apoyarme en la barandilla de la terraza mirando al infinito desde el 12º piso en el que vivíamos en Madrid, aislándome de todo y alucinando literalmente con lo que estaba experimentando. Ese primer tema se llamaba “I know”, solo que no lo entendí porque en lugar de “I” en el disco aparecía el dibujo de un ojo, y al cabo de unos segundos caí, y boom: otra cosa que me llamó la atención.

Comencé a leer detenidamente el libreto y vi que aquél extraterrestre se llamaba Prince, y el disco en cuestión se titulaba Lovesexy. Lo escuché en bucle unas cuantas veces, y en especial me calaron muy hondo Glam Slam, Annastesia, Lovesexy, When 2’R in love Positivity. Era un disco de 9 temas, y me sabía a poco. Por entonces no teníamos internet (sí, jovencitos, no había internet), y no me acuerdo cómo pero empecé a investigar sobre aquél tío aparentemente tan extraño.

Mi primera parada fue el departamento de discos de El Corte Inglés, y de allí salí con un par de ellos, lo que me permitía mi paga semanal: Parade Purple Rain. Y mi emoción iba creciendo exponencialmente según iba escuchando los temas de aquellos discos, y entonces empezó a intrigarme qué contaba este señor en sus letras, y diccionario en mano, comencé a leerlas y tratar de entenderlas. Lo primero que tengo que agradecer a Prince fue que con él aprendí inglés, aunque mucha gente crea que es imposible porque no es que se le entienda especialmente bien, pero así fue. También es cierto que por aquél entonces sus letras eran bastante más eróticas que a partir de 1997, cuando se hizo testigo de Jehová, y pasó a unas temáticas más sociales y políticas, lo que supongo que (recordad que tenía 16 años y estaba en plena efervescencia sexual), todavía hizo que me interesara más por sus canciones.

Al año siguiente compuso la banda sonora de Batman, para mí su peor disco, tanto por los temas en sí como por la grabación, producción, etc…, pero por aquél entonces yo ya era un incondicional sin capacidad de crítica alguna y también me lo compré. Y después de otro año, en 1.990, dio su primer concierto en Madrid, en el Vicente Calderón. Yo que no había pisado un campo de fútbol en mi vida, me fui a las 10:00 de la mañana para estar allí prontito y coger los primeros sitios, y lo conseguí, aunque cuando abrieron las puertas la valla quedaba como a 25m del escenario y vi como gente famosa ocupaba esa zona bendecida por los Dioses. Tardé poco en darme cuenta que un guardia de seguridad llevaba unas cuantas pulseras VIP que asomaban del bolsillo trasero de su pantalón, e incomprensiblemente para mí (aún hoy me sorprendo), tiré de ellas y empecé a correr por todo el Calderón en todos los sentidos, con el Guardia de Seguridad persiguiéndome y esquivando a millares de personas, hasta que conseguí perderle de vista y después de media hora me acerqué a la zona VIP con mi pulsera colocada, mis pulsaciones en su sitio, y pasé.

Ahora sí, ahora le tendría a un par de metros y dos gorilas de 2m entre medias…

Dios, qué sensación, ese tío era de carne y hueso, hasta era bajito, parecía incluso menos que normal, pero en cuanto salió al escenario me di cuenta que era él el propio escenario. Dos horas y media de concierto, absolutamente ensimismado, como si estuviera en una burbuja y el resto del mundo no existiera.

Después de eso le vi un par de veces más, y cada vez mis sentimientos iban a más. Ningún concierto era igual, nunca tocaba un tema de la misma manera y me encantaba la forma en la que encadenaba las canciones. El trabajo que había en arreglos para cada concierto era espectacular, nunca dejó de sorprenderme en ese aspecto, y en muchos otros.

Hoy hace dos semanas y un día que pasó a mejor vida y he recibido por fin su último disco que compré en preventa hace más de un mes. Quién me iba a decir que cuando lo recibiera, este señor ya se habría muerto…

Así que aquí estoy, casi tres décadas después, a punto de aislarme de nuevo, esta vez sin terraza, pero con la misma ilusión en mi corazón, para escuchar HitnRun Phase 2.

Por gente como Prince, hoy soy un enamorado de la música, y amigos, nada me ha dado tanto como eso. Si no podéis experimentar esa sensación con la música, lo siento mucho por vosotros, no sabéis lo que os perdéis, pero espero que no sea así y podáis gozar del mayor invento del ser humano en su historia.

Hoy hace algo “más de 13 días y 7 horas”, pero me sigue pareciendo una broma de mal gusto. Todo lo que puedo decirte es “Welcome 2 the dawn” amigo.

Os dejo, que empieza “Baltimore”…